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Resplandecientes halos de luz

interrumpen la penumbra del bosque

liberando aromas de verdinas hierbas

que saturan los sentidos

 

Sin tener la pretensión de salir este día de mi confortable estancia, me encuentro caminando sobre un rústico camino tapizado de balasto, abrazando con deseo al frescor del la montaña, bajo el cobijo de una túnica verdina de exuberante vegetación, ambiente saturado de cuatrocientos aromas que el viento revolotea en lúdicas eufonías, sin duda un panorama ideal para que florezcan las reminiscencias de un pasado lejano.

 

Es de esta forma que los recuerdos surgen de inmediato en caudales que inundan los sentidos, ensoñaciones que transitan hacia un pasado lejano, donde me observo cabalgando nuevamente el brioso corcel de acero y fuego; ferrocarril que en antaño surcaba incólume los mares de verdor de la zona serrana, desplazándose con ensordecedor estruendo, sobre destellantes y acerados rieles, enclavados tenazmente a los impasibles durmientes de hosca madera; bronca montura que a su paso por las serranías bufaba desafiante, expeliendo borbotones de níveo vapor solo mancillado por el hollín expulsado por el chacuaco ennegrecido que lo entronizaba.

 

Evocaciones de un pasado casi olvidado que resurge y nos trae a la mente una serie de   viajes realizados en la entonces poderosa maquina de vapor, la cual nos trasladaba a la cálida Cuauhnáhuac, y de ahí proseguía camino hacia la aventura por kilómetros de paisajes serranos, entre acantilados y cañadas, volando sobre el aire en puentes que no se veían o introduciéndonos en túneles obscuros con dirección al inframundo, ríos caudalosos, inhóspitos paisajes y así, después de más de doce horas de camino arribábamos al ignoto poblado de Balsas, enclavado en las entrañas de la sierra de Guerrero, última estación del Ferrocarril del Sur, territorio actualmente ahogado de la geografía por las aguas que contiene la presa del Infiernillo en Michoacán.

 

 

En la desaparecida Estación de Tacubaya era donde abordábamos la serpiente de fuego y humo, para dirigirnos hacia la aventura, la cual se componía de una columna de vagones de un grisáceo verde olivo, con un llamativo cascabel amarillo denominado cabús, que destacaba por su color encendido entre todos demás; los vagones de pasajeros contaban con el “lujoso” servicio de primera tipo Pulman, con cómodos y elegantes asientos forrados probablemente de piel y el democrático servicio de segunda con sencillas bancas de madera pintadas de gris, confortables asientos, no más de una hora, servicio preferido del grupo que viajaba tan solo con los recursos indispensables para sobre vivir algunos días.

 

A la voz de vámonos iniciaba su lento avance el convoy, en sincrónica audición con mil y un sonidos vertidos por la multitud que acudía a la terminal, adiós, regresa pronto, saludos a…, atolito caliente, tacos, tacos…., tan tan del tañer de la campana, el silbato, el fragor de la caldera y las explosiones febriles de los pistones al expeler etéreas fumarolas de vapor, sonidos e imágenes únicas dejaron huella imperecedera en los noveles viajeros; de esta forma se alejaba paulatinamente del bullicio tomando poco a poco su cadencioso ritmo, hasta consentir el arrullo de nuestros cuerpos.

 

Aún sin asimilar la fascinación de la partida, se nos presentaba ante nuestros ojos una profunda cañada, donde recorría las translúcidas aguas del rio Mixcoac, deslizándose presurosas a un destino incierto, observado a las intrépidas aguas que en su arrollador curso se estrellan contra la enormes rocas salientes y las raíces de los frondosos árboles formado espumosas corrientes, sitio donde los lugareños asistían a juguetear en las frescas aguas y a lavar sus ropas, para después asolearla entre los peñascos y matorrales que sobresalían en sus márgenes, otra imagen para los ensueños de una realidad perdida.

 

Antes de abandonar por completo la gran urbe cruzábamos el pintoresco pueblo de Tlalpan, lugar de descanso de fin de semana para población citadina que concurría a liberarse de las tenciones de la gran metrópoli, a partir de este punto el coloso iniciaba sus preparativos para encumbrar la sierra, sin desfallecer seguía pausadamente su camino dejando atrás a la urbe de concreto para penetrar al mundo de la naturaleza, a los parajes compuestos por bosques de pino-encino de verde acento, en contrastaba con el azul-cenizo de las hojas del tepozán, (Buddleja cordata Kunth), habitante del ruderal. El trayecto era incomparable, los paisajes se desvanecían uno tras otro como una película sin fin, dando paso a una escena nueva cada instante, una experiencia renovadora.

 

La historia nos dice que fue el primero de diciembre de 1897, cuando salió de la Ciudad de México la primera Maquina de Vapor rumbo a la Ciudad de Cuernavaca, atravesando la escarpada Sierra del Ajusco-Chichinautzin y de esta forma llegar a la tierra de la eterna primavera, concepto acuñado de la frase dicha por Friedrich Wilhelm Heinrich Alexander Freiherr von Humboldt que al texto decía: Al sudeste de la ciudad de Cuernavaca (la antigua Cuahunáhuac), en la pendiente occidental de la cordillera de Anáhuac, en esa hermosa región que los habitantes designan como tierra templada, porque en ella reina una primavera eterna…, frase que podría dejar de ser vigente si no hay un freno a la devastación de las barrancas de la ciudad que son el termostato natural de Cuernavaca y así de esta forma perder para siempre la primavera eterna…, como sucedió con propio ferrocarril que realizo su último recorrido el 16 de junio de 1997, casi cien años de tradición que pasaron a la historia y al baúl de los olvidos.”

El ferrocarril contaba con servicio comida rápida, el fast food actual, ofrecido por múltiples comerciantes que se apiñaban en las estaciones del Ajusco y Tres Marías, donde se consumían las delicias de la tierra, enchiladas verdes o rojas, tamales, elotes y muchas más complacencias culinarias y sin duda no podía faltar el espumoso pulque para poder bajar los tacos; de esta historia nada queda ya, solo el camino de grava triturada que evoca los tiempos de un ayer sin rostro.

 

 

Los ensueños y las remembranzas se retraen en lo recóndito de nuestra mente, dando paso a una realidad placentera que es la de recorrer una parte de la Sierra del Chichinautzin, donde aún se preserva en buen estado la vida silvestre, iniciamos nuestro camino desde la población de San Juan Tlacotenco, Entre las varas altas, perteneciente a de Tepoztlán, Mor, para dirigirnos a Coaximalco-Coajomulco que significa lugar donde se labra la madera, del municipio de Huitzilac, Mor., y de esta manera disfrutar y a su vez descubrir los secretos que nos aguarda este pequeño viaje.

 

Iniciamos el camino bajo la fronda de exuberantes Encinos (Quercus ssp.), que atesoran entre su ramaje al mundo oculto de las alturas, repleto de plantas epífitas como las tillandsias, Gallinitas (Tillandsia recurvata), y los Gallitos (Tillandsia prodigiosa), un ejemplar en peligro de extinción debido a la hermosura de su inflorescencia, bromelias, helechos, orquídeas y un sin número de musgos y líquenes, que ofrecen un abanico amplio de subsistencia para muchas especies de fauna. En sus copas revolotean las ardillas y muchas aves hermosas como la Tángara encinera o Tángara roja piquioscura (Piranga flava), de bello plumaje rojo y que se alimenta de pequeños insectos y frutos, sin despreciar el néctar de las flores, de la misma forma que lo hacen los diminutos colibrís; como el magnífico (Eugenes fulgens), el de garganta azul (Lampornis clemenciae), y el Zafiro oreja blanca (Hylocharis leucotis), hermosas aves de iridiscente plumaje que cautivan al solo verlas revolotear alrededor de las flores.

 

Nuestro marcha prosigue sobre el camino que se pierde entre la espesura de la floresta, los soberbios encinos quedaron atrás y dan paso a los pequeños matorrales, donde señorean algunas corolas multicolores, como la Ala de ángel (Begonia gracilis). La campanita rosa (Penstemon roseus), la Golondrina (Euphorbia heterophylla) de diminutas flores, rodeada de brácteas verdes con delicadas pinceladas de rojo, indicadores visuales de dulces sustentos para las mariposas de revoloteo errante y objetivos puntuales, como la obscura Mariposa de Parche negra (Chlosyne ehrenbergii) o la M. Cresciente (Anthanassa texana), de alas rojo oxido con puntos blancos, entre numerosas Lepidópteras, que concurren en la zona.

 

Nos aproximamos a los dominios territoriales de la deidad mesoamericana del Señor que quema, el volcán Chichinautzin, con adjudicación de una leyenda de mujer convertida en volcán, el cual en uno de sus arrebatos de intolerancia desbasto amplios territorios de la zona con ígneas emanaciones de magma, convirtiendo el lugar en un paramo de roca volcánica, proceso que lentamente se revirtió para transformarse en un espacio notable en diversidad biológica donde conviven especies únicas en el mundo de la flora y fauna.

 

Nuestra arribo es percibido por la montaña que nos cubre con un halo de libertinas gotitas nacaradas, lúdico roció que se divierte con nuestro rostro; diáfana neblina envuelve a la serranía transformándola en una azulina transparencia ante nuestros ojos, sin embargo minutos después la montaña sede a sus caprichos y pretenciosa nos muestra sus encantos florísticos escarchados de diminutas perlas cristalinas.

 

Simbiótico panorama surrealista de obscura lava, alfombra pétrea tachonada de flores multicolores y verdes sortilegios, albergue de la delicada (Tradescantia tepoxtlana matuda), con sus minúsculas flores azules y sus hojas variegadas en rojo-morado, y del (Agave horrida Lem. ex Jacobi), bravío habitante que desafía a cualquiera con sus suculentas pencas adosadas de fieras espinas, resguardo de biselados pastos que quisieran con sus extendidas hojas prender las estrellas del firmamento, opuntias de delicadas flores, orquídeas terrestres como la (Bletia reflexa Lindl) y muchas otras que quisieran ser nombradas, pero a la que no podíamos dejar de mencionar al (Sedum frutescens Rose), que se extiende por gran parte de las laderas sureñas del Eje Volcánico transversal, planta que rompe con la saturación verdina con la singularidad de sus alimonados tallos suculentos de escamosa presencia, etéreo tesoro en peligro de extinción.

 

 

 

 

Pero sin duda una de las flores que más llama mi atención es la Dahlia, silvestre flor que engalana las tierras del malpaís en la Reserva Ecológica del Chichinautzin, hermosa habitante de agreste entorno que embellece con sus flores en el cálido verano.

 

Desde los primeros viajes por la Sierra del Chichinautzin, observaba desde la ventanilla del ferrocarril gran número de hermosas flores, pero en ese momento el único fin era el de disfrutar el panorama, el tiempo transcurrió y de nuevo tuve el encuentro con esas flores cuando circulaba por carretera y cruzaba nuevamente los derrames volcánicos del Chichinautzin, flores que reconocí de inmediato como Dahlias, sin embargo las seguía observando a la lejanía, pero ahora estando en las alturas de la Sierra del Chichinautzin es un día especial, las encuentro en la cercanía puedo ver sus colores, sus delicadas formas, observo sus movimientos al vaivén del viento y el roció destellante que las cubre, sin duda es un momento especial convivir con las flores reverenciadas ancestralmente por los pobladores originarios.

 

La zona es habitada por dos variedades de Dahlia, la D. coccinea Cav., en destellante lígulas de color amarillo y una que otra matizada de naranja y la D. merckii Lehm. con lígulas en tonalidades del lila al rosa y blanco, hermosas flores silvestres de translucidos pétalos que cautivan por su belleza tan peculiar.

 

 

 

 

 

 

 

La Sierra del Chichinautzin enclaustra en su ámbito una gama muy amplia de atributos que es necesario salvaguardar por siempre, que parten desde el entorno social y cultural que se ha preservado desde épocas remotas hasta nuestros días, del prodigio de la diversidad biológica y lo esencial que es para el territorio morelense como captador de recursos hídricos y sin duda de su belleza natural que es inigualable, un reto que hay que enfrentar.

 

Arropados por la calidez de la tarde llega a su fin este memorable día, el sol trasciende refulgente a través del horizonte al resguardo de la madre tierra, la montaña poco a poco se transforma en una transparencia azulina hasta perderse en la obscuridad de la noche.

 

En conclusión el viaje fue inmejorable por lo que nos mostró esta pequeña parte del Corredor Bilógico Chichinautzin, pero lo más valioso fue la convivencia con las personas que uno quiere, las cuales motivaron este pequeño viaje hacia los recuerdos y el conocimiento.

 

Hermosa tarde de verano,

transitando sobre la húmeda hierba del sendero,

hacia las alturas de la Sierra del Chichinautzin,

bajo la tímida luz del sol,

que oculto tras un halo nebuloso,

observa detenidamente nuestro andar.