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La cumbre de las flores de Dahlia

«Los ensueños son neblina en el volcán,
un halo de gotitas interminables que cautivan a las rosadas flores.
Estos ensueños se convierten en senderos inagotables por recorrer
hasta el final de la existencia.»

Al final del verano, los vientos frescos de la mañana esparcen el rocío, el cual es capturado por las flores silvestres en sus pétalos, dejando pequeñas gotas adheridas como diminutas joyas iridiscentes. Estas gotas muestran sus variados colores con los primeros rayos de luz, al igual que los vientos nos traen frescura y despejan la bruma. Nuestros pensamientos nos llevan al recuerdo de una flor que ha formado parte del paisaje nacional desde antes de la llegada de los primeros seres humanos a tierras mesoamericanas: la Dahlia. La ancestral Acocoxochitl.

Esta semblanza nos permite dar pauta para introducirnos al propósito general de la expedición al Volcán Chichinautzin, la búsqueda de flores de dahlia, ya que el Volcán es el eje principal del Proyecto Las Flores de Dahlia en el Corredor Biológico Chichinautzin. Es el ente que le da nombre a esta extensa área de conservación, además del significado que representa dentro de la cosmovisión de los pueblos originarios de la región. Es importante destacar que el proyecto que inicié, alberga alrededor de quince años de constante investigación en diferentes áreas del Corredor, sumado a múltiples problemáticas que se han presentado a lo largo de los años.

Las alternativas para el ascenso al Volcán Chichinautzin se vieron comprometidas por diversos factores, siendo el desconocimiento de la ruta de ascenso al Volcán uno de los más relevantes para evitar extravíos que pudieran terminar con resultados funestos. Este problema se agravó debido al aislamiento obligatorio causado por la pandemia que nos mantuvo fuera por un buen tiempo. Además, se suma un problema de inseguridad que se percibe entre los senderistas que frecuentan las áreas naturales de las Alcaldías de Tlalpan y Milpa Alta en la Ciudad de México.

Es importante enfatizar que la mayoría de mis expediciones los realizo solo, o en compañía de mi inseparable amiga Vero, la joven aventurera y mi audaz compañera en mis múltiples excursiones por las serranías del Corredor Biológico Chichinautzin. 

Bajo estas circunstancias y deseando realizar el viaje durante esta temporada de florecimiento de las dahlias, solicité la ayuda del buen amigo Pedro Tenorio Lezama. Pedro es un conocedor indiscutible de la República Mexicana debido a sus innumerables exploraciones relacionadas con la recolección de especímenes vegetales. Le pedí que me ayudara a contactar a un guía que pudiera acompañarme en este interesante recorrido. La información que me proporcionó fue suficiente para ponerme en contacto con los guías de Ajusco Xplor Tours.

De esta manera inicia la aventura hacia la cumbre del Volcán Chichinautzin contactando a los guías de Ajusco Xplor Tours, los cuales me indicaron los requerimientos necesarios para este proyecto. 

Era una fresca mañana del domingo 17 de septiembre del 2023, cuando partimos hacia el poblado de Parres en la Delegación de Tlalpan de la Ciudad de México. Salimos de la Ciudad de Cuernavaca, y el trayecto fue relativamente corto, llegando unos minutos antes que nuestros guías y mi hijo Quetzalcoatl, quienes venían desde la Ciudad de México.

Indiscutiblemente el primer paso, después de los saludos de rigor, fue disfrutar de unas guajolotas con su respectivo atole para desayunar. Una vez satisfechos, subimos a la camioneta de Ajusco Xplor Tours y nos adentramos un poco más en nuestro destino, pasando por grandes sembradíos de papa, algunos de maíz y avena.

Debido a las condiciones del camino rural, nuestro avance se vio interrumpido. La lluvia de la temporada lo había destrozado y formado diversas zanjas intransitables. Por lo tanto, tuvimos que descender de la camioneta y reanudar nuestro viaje hacia el Volcán a través de un sendero muy lodoso, donde eran evidentes los cursos que había tomado el agua. Resaltando pequeñas pedrezuelas amarillas sobre la tierra negra, las cuales resultaron ser papas que la lluvia había arrastrado de los campos de cultivo.

Una sensación de magnificencia se descubre con el solo hecho de observar a la distancia el Volcán Chichinautzin, Señor que quema en lengua nahuatl. En esta ocasión cubierto con una túnica azulina coronado con un halo de vaporosas nubes, como si a la distancia quisiera diluirse en el horizonte para preservar su intimidad.  

Seguidamente de esta interacción con el entorno, comenzamos nuestra caminata a través del lodazal para llegar a un pasadizo, o mejor dicho, a un túnel formado por añejos cedros de obscura presencia tamizados de brillantes musgos verde limón, una fantasía lúdica de la naturaleza, un túnel con dirección al infinito de la imaginación. 

Después de recorrer algunos kilómetros entre sembradíos y algunos matorrales, tuvimos la oportunidad de observar una planta mesoamericana con antecedentes ceremoniales y rituales, incluso medicinales hasta nuestros días denominada xicólotl, en lengua nahuatl, chicalote, Argemone hispida A. Gray, con sus flores blancas y su características hojas y frutos globosos espinudos. Siguiendo más adelante por el sendero encontramos la primera dahlia, una Dahlia Merckii Lehm, de rosados y translúcidos pétalos, en las faldas del volcán, a una altura de 3,078 metros sobre el nivel del mar.

El ascenso a través de la densa baraña del monte, rodeado de flores y plantas únicas de las zonas volcánicas, se convertía en un deleite, sin importar las dificultades en el camino hacia la cumbre. Encontramos plantas suculentas como la tememetla, Echeveria secunda,Booth ex Lindl. conocida como ‘conchitas de la montaña’, la Echeveria fulgens Lem., con sus grandes hojas de color verde grisáceo y bordes de matices rojizos, y el Sedum oxypetalum, Kunth, que tiene la apariencia de un pequeño árbol y se conoce como ‘siempreviva’ o ‘copalillo’, con inflorescencias de tonos del rojo al blanco. También nos maravillamos con la agreste pero igualmente hermosa rosa de las nieves, Eryngium monocephalum Cav. Esta planta de alta montaña sobrevive en temperaturas bajo cero y crece en suelos rocosos, desafiando vientos fuertes que superan los sesenta kilómetros por hora.

Conforme ascendíamos la vegetación circundante cambiaba revelando nuevos telones a la belleza. Cubiertas vegetales en un verde brillante, alimonados musgos salpicados de infinidad de hongos redondos o alargados, que iban desde un naranja tenue hasta el rojizo. También había hongos negros con filo blanco, pequeños hongos nacarados como duendes en el bosque, creciendo sobre un tronco cubierto de fresco musgo. También hongos que al más mínimo contacto expulsaban sus esporas como si fueran buenos fumadores. A lo largo de nuestro recorrido, las delicadas dahlias rosadas nunca dejaron de estar presentes.

Nuestro camino continuó cuesta arriba hasta que alcanzamos una altura aproximada de 3,246 metros sobre el nivel del mar, aproximándonos a la parte media de nuestro recorrido. En este punto se encuentran a la vista los árboles sagrados de oyamel, Abies religiosa; (Kunth) Schltdl., una conífera que tenía un uso ritual en el México previo a la conquista europea por parte de los portadores de la espada y la cruz. Utilizaban las hojas de sus ramas como diminutos recipientes para la sangre de los autosacrificios:

in ontzonquîz nâuhyôhual îmmahcêhualiz niman quitlahtlâzaco

quimahmayahuito in îmacxoyâuh’,

Cuando concluían sus cuatro días de penitencia, arrojaban y

desechaban cada uno de ellos sus ramas de pino. (Sah7,5).

Conforme avanzamos hacia la cima de la montaña, nos recibió un manto vaporoso de grisácea neblina que solo permitía ver los contornos del paisaje, destacando en el horizonte la enhiesta presencia de los árboles que desaparecían momentáneamente en la bruma, como fantasmas, rodeados por la inmensidad de luceros de la montaña, las hermosas Dahlias Merckii que están presentes desde las faldas hasta la cumbre del volcán Chichinautzin.

Logramos la cumbre después de grandes esfuerzos. Ahora solo nos quedaba disfrutar desde las alturas de la fastuosidad del paisaje en el filo del acantilado, percibiendo la gran profundidad del cráter del Señor que quema, el Volcán Chichinautzin. Bajo estas circunstancias, tomé asiento en el borde del cráter, envuelto en la sutil neblina. En ese momento, los recuerdos de un pasaje de la Cosmovisión de los pueblos mesoamericanos asentados en las tierras morelenses en los albores de la mítica Tamoanchan se acumularon en mi mente. Este pasaje se refiere a la presencia en el Volcán del legendario Ometochtli-Tepoztecatl, el hijo del dios del viento Ehecatl. Este personaje es multidimensional, siendo hombre, guerrero, dios del pulque, de la fecundidad y las cosechas.

Bajo la tutela de esta ideología, se presenta el intemporal Tepoztecatl, Ometochtli el Dios del Pulque, encumbrado en el cráter del volcán Chichinautzin. Se unirá a Mayehuetl y Patecatl, los hacedores de la perforación del maguey para recibir el dulce aguamiel y agregar las raíces para su fermentación. También serán acompañados por varios personajes importantes de la región, todos reunidos alrededor del pletórico y desbordante cráter lleno de néctares divinos. Así luce el Popozontepetl o ‘montaña que hierve’, donde todos disfrutan al unísono las delicias de la bebida sagrada en el marco de un paisaje cósmico sin igual. *  Ver video

Volviendo al plano terrenal, disfrutábamos del entorno con su paisaje sin igual de ásperas rocas, donde la vegetación es escasa pero aún ahí están presentes las radiantes dahlias, luminiscencias lúdicas esparcidas en la montaña y las cañadas, en el bosque y los peñascales, un disfrute compartido con los cómplices de la naturaleza. Sin embargo, llamó mi atención un pequeño árbol de corteza rojiza denominado madroño mexicano, Arbutus xalapensis, Kunth, según nos indicó nuestra guía Andrea de Ajusco Xplor Tours. Este árbol es muy utilizado en varias comunidades rurales debido a la dureza de su madera para fabricar utensilios del hogar, leña y carbón, entre otras cosas.

Rondaba el mediodía cuando nuestros amigos los guías Andrea y Jerónimo sacaron de sus mochilas unas ricas tortas paseadas que habían elaborado temprano en sus instalaciones para poder disfrutarlas en ese momento. Claro está, las acompañaron con un oloroso café aún caliente que mi hijo llevaba en su termo. Todos estos acontecimientos se conjugaron para crear un ambiente inigualable de camaradería y fraternidad que solo se encuentra en la montaña, o, mejor dicho, con hombres y mujeres de la montaña. Esta acción muy placentera se llevó a cabo a una altitud de 3,438 metros sobre el nivel del mar.

En ese preciso momento, mientras disfrutábamos de nuestros alimentos, comenzó una ligera lluvia que parecía que se incrementaría al escuchar los retumbos en el cielo. Estos sonidos son producidos por los Tlaloques, los niños ayudantes de Tláloc, quienes provocan las lluvias, soplan las nubes y producen los rayos al romper los cántaros que contienen el vital líquido. Los Tlaloques distribuyen el agua en los sembradíos y comunidades. Sin embargo, después de una estruendosa manifestación sonora de los Tlaloques, se retiraron a sus recintos en las cuevas de los montes, donde mana el agua para humedecer la tierra sin causar ningún daño. Sin más palabras que expresar, iniciamos el descenso del volcán Chichinautzin, satisfechos con el recorrido hasta ahora efectuado.

Antes de dejar la montaña observábamos que existía una elevación mayor al cráter del Chichinautzin donde a la distancia se advertían matorrales de dahlia, con el fin de constatar este hecho mi hijo Quetzalcoatl y el guía Jerónimo se dieron a la tarea de subir para comprobar la altura donde se encontraban, mientras nosotros descendíamos para encontrarnos posteriormente cuesta abajo. Tiempo después nos dieron alcance en nuestro trayecto indicándonos que las dahlias se encontraban a una altura de 3,478 metros sobre el nivel del mar, que corresponde a estar dentro de los parámetros que marcan los manuales de la especie que indican 3,500 m.  

Para concluir con este escenario es necesario resaltar que la Dahlia merckii Lehm., es la única pobladora de esta especie en todo el recorrido que realizamos, sin embargo, en otros ámbitos del Corredor Biológico Chichinautzin, las he encontrado compartiendo el hábitat con D. coccinea Cav., D. sorensenii H.V. Hansen & Hjert. D. rudis P. D. Sørensen,

Nuestro camino de descenso se vio interrumpido cuando Jerónimo, nuestro guía que iba en la avanzada, se desvió de él para tomar otra senda. Por lo tanto, lo seguimos hasta que paramos en un sitio donde nos explicó que nos introduciríamos en una cueva formada por los ríos de lava ardiente que corrieron en su interior, dejando el hueco cuando el volcán Chichinautzin dejó de surtir el ardiente magma. Para tal efecto, nos preparamos para introducirnos en la cueva: cascos, lámparas y guantes, con el temple de penetrar las entrañas de la tierra. Todo listo, y vamos para adelante, o, mejor dicho, vamos hacia el fondo.

El sol iluminaba el entorno de la caverna, cubierta de resplandeciente musgo incrustado en las rocas en tonalidades de verde lima. Conforme entrábamos, la luz del exterior se perdía lentamente hasta que perdimos contacto con ella. Solo nuestras lámparas hacían posible ver el interior. El aspecto interno de la caverna era agreste, con rocas muy oscuras, porosas y agrietadas en líneas zigzagueantes que se extendían de un lugar a otro. Algunas rocas en el piso probablemente eran desprendimientos telúricos, y el agua escurría en pequeñas gotas, como una ligera lluvia. El techo y las paredes se encontraban tapizados de diminutos puntos que, con la luz de nuestras lámparas, brillaban intensamente, parecidos a los que se encuentran en el interior del túnel que recorre el Tlalocan, «camino bajo la tierra», del Templo de Quetzalcoatl o la serpiente emplumada, en Teotihuacan donde se preparó el ambiente para escenificar el inframundo.

Andrea nuestra guía nos explicó que estos puntos luminosos son bacterias que, debido a la humedad del entorno, tienen la cualidad de refractar la luz, lo que hace que brillen cuando se dirige la luz de las linternas hacia ellas. En ese momento, nos pidió que nos sentáramos lo más cómodamente posible porque nos iba a guiar en un momento de meditación en la oscuridad total. Cumplimos sus indicaciones apagando nuestras lámparas y quedamos en la completa oscuridad, junto a nuestros pensamientos. 

En ese momento de meditación mis pensamientos se encauzaron a tratar de dilucidar dentro del mundo de la obscuridad el universo entrañable de la cosmovisión Mesoamericana, donde las cuevas son parte intrínseca de la existencia de la humanidad, donde nace nuevamente la vida en manos de la Serpiente Emplumada, el resguardo del viento y las tormentas, del agua, el recinto de los descarnados en el interior del Mictlan.   En fin, un mundo de definiciones míticas ancestrales que nos permiten pulsar el pasado en un presente de nuevos estímulos para de esta manera poder sobrevivir a la vida misma.  

Salimos de la caverna para reintegrarnos una vez más a los seres de la superficie terrenal, sintiendo al instante la luz que emanaba de Tonatiuh, el dios solar, quien nos recibía cálidamente con sus brazos abiertos. Sin embargo, al salir, recibí una cordial reprimenda de mi estimada amiga Vero, quien me dijo que mientras yo solicitaba más tiempo para estar en el interior de la cueva, ella quería salir lo más pronto posible, ya que no le gusta la oscuridad. Sonreímos y le prometí que no lo volvería a hacer.

Bajo este mundo de anécdotas, continuamos nuestro descenso durante aproximadamente un par de horas hasta llegar a la planicie al atardecer, agradecidos a la montaña por habernos permitido disfrutar plenamente de las joyas físicas y sensoriales de la naturaleza emanadas del Volcán del Chichinautzin que guardaremos imperecederamente en nuestra memoria. 

En la lontananza, se podía observar el venerado volcán enfrentando una acumulación de oscuros nubarrones que parecían brotar del cráter y dirigirse hacia el espacio infinito, perdiéndose en la oscuridad de la noche, mientras el sol se ocultaba en el horizonte para refugiarse en la casa del jaguar en el interior del inframundo.

Así concluyó el día, lleno de expectativas cumplidas y satisfacciones plenas tras una caminata de 14 kilómetros y 8 horas de duración. En este contexto, nos despedimos de nuestros amigos Andrea y Jerónimo de Ajusco Xplor Tours, agradeciéndoles las atenciones recibidas durante nuestra expedición con un cordial abrazo, mientras partían hacia la Ciudad de México en compañía de mi hijo Quetzalcoatl.

La noche se acercaba rápidamente, y nos encontrábamos al borde de la carretera, esperando el transporte que nos llevaría de regreso a la Ciudad de Cuernavaca. En este escenario, la temperatura descendía rápidamente y nuestros cuerpos comenzaban a sentir el frío. La incansable Vero y yo titiritábamos de frío mientras esperábamos con ansias el primer vehículo que nos sacaría de ese lugar. En ese momento, me pregunté quién me había engañado diciéndome que era un montañista. Sin embargo, seguiré haciéndolo hasta que mis fuerzas se nieguen a seguir adelante.

Las Dahlias del Chichinautzin, una expresión melódica de la madre tierra, una sinfonía floral que emerge de las ígneas rocas volcánicas de las profundidades de la tierra. Son como fuegos artificiales de verano, manifestándose a través de exuberantes flores con una rústica armonía tonal. Estas luminiscencias lúdicas se dispersan por la montaña, las cañadas, el bosque, los pastizales e incluso en las entrañas mismas del cráter, para el disfrute íntimo de aquellos que son cómplices de la naturaleza.

Sueños y ensueños, fantasías o ilusiones se conjugan en un solo entorno

representados por nuestros anhelos en la vida que se solidifican

solo con la tenacidad conforme los afronte,

por tal motivo es esencial no cejar el esfuerzo para lograrlo.

  • https://www.youtube.com/watch?v=U4I__8icCHE&t=3s