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POZA CRISTALINA

Desperté muy de madrugada, mucho antes de que las estrellas se ocultaran ante el fragor de la luminiscencia del nuevo día. Probablemente fue después del repiquetear de la lluvia que se alejaba presurosa a cumplir su misión en otras tierras adyacentes, dejando el cielo cristalino como un lago encantado repleto de luciérnagas celestes.

Me puse las botas y me acomodé el sombrero. Me subí al caballo a pelo, un noble corcel de blancura extrema, fuerte y elegante, que cabalga sin temor por los caminos por donde lo conduzco. Así es Bruma de la Mañana.

Me dirigí directamente al río, que lo escuchaba a lo lejos. Rugía con desesperación, lanzaba sus advertencias para que nadie se acercara; bajaba furioso de la montaña, disgustado por el atrevimiento de la lluvia pasada que interrumpió su descanso.

Su deslizante caudal se estrellaba contra las grandes rocas formando destellantes figuras fantasmagóricas, alucinaciones nocturnas de una noche de desvelo. Se cimbraban los añejos ahuehuetes a su paso, tratando de detener su fiereza sin obtener respuesta favorable.

Conforme fueron pasando las horas de la noche, el río empezó a calmarse. De un torrente desbocado, poco a poco llegó a ser el río calmoso de días anteriores. Pareciera como si nada hubiera sucedido; solo en su entorno se observaban los estragos de su intolerancia.

Cabalgué entre la penumbra del día venidero y el halo de la tierra húmeda por la vereda sombría y casi inexistente que me conduciría a las márgenes del río, sobre una brecha que apenas se entreveía. La neblina era cómplice para ocultar las diabluras del encabritado río.

A paso firme nos acercamos a su orilla en busca del remanso donde acostumbrábamos a sumergirnos en sus frías aguas. Con los primeros rayos de luz emergió la poza cristalina, que ahora se encontraba un poco revolcada por los designios de los señores del agua. Sin más espera, desmonté, dejé mi indumentaria a un lado y me sumergí en las aguas frescas del río. Así, mientras me introducía en el acuoso frescor, me fui despojando de mis tormentas personales, mientras Bruma de la Mañana retozaba en la orilla observando el pasar de las mariposas que nos deseaban los buenos días.