
El Ahuehuete de Ahuacatitlán
Cuando visites el bosque de niebla, abre bien los ojos.
La luz permanece atrapada en la penumbra.
No pierdas la oportunidad de contemplar su belleza y sus encantos
en cada roca, en cada tronco que aflora al borde del camino.
Mira hacia las alturas del bosque,
donde las orquídeas y los helechos parecen saludarte.
La vida te abre sus puertas y te da la bienvenida.
¡Disfrútala!
Los primeros rayos de luz van dejando atrás el velo del misterio que personifica la oscuridad de la noche. Los haces de luz del nuevo sol se desparraman sobre el horizonte hasta difuminarse en el bosque, que pareciera flotar bajo el manto de la densa niebla. Los enormes árboles se perciben desvanecidos, descoloridas siluetas impasibles en la lóbrega penumbra; enramadas que se cruzan como un caligrama poético, diciéndonos, con las palabras de la naturaleza, sus sentires y sus historias.
Mientras avanza la mañana, los fantasmas de la montaña abandonan su atuendo para permitirnos observar el verdino bosque de niebla en su transformación paulatina. Un bosque donde los árboles no solo crecen hacia el infinito, sino que sostienen las nubes con la fuerza de sus ramas, beben y respiran en las alturas.
Árboles cuyos troncos son jardines vestidos de terciopelo verde. Sin esperar mucho, aparecen los extraordinarios y altivos oyameles (Abies religiosa), cubriendo las laderas de la montaña hasta alcanzar sus cumbres. Mientras tanto, los frondosos madroños, de verdor perseverante (Arbutus xalapensis y Arbutus glandulosa), se resguardan en las cañadas de las inclemencias del clima, luciendo su peculiar corteza de rojo ladrillo.
A su lado, los ailes (Alnus acuminata y Alnus jorullensis) parecen curar la tierra. En sus raíces, una alianza silenciosa con diminutas bacterias transforma el nitrógeno del aire en nutrientes que enriquecen el suelo y alimentan la vida del bosque. Así, estos árboles, casi como antiguos guardianes de la montaña, devuelven fertilidad a la tierra y preparan el camino para que otras especies encuentren en ella el sustento necesario para crecer y permanecer.
Entre tanto, los pinos (Pinus spp.) se agrupan o se dispersan por el monte, compartiendo su hábitat con otras especies y, en particular, con los encinos (Quercus spp.). En esta zona destacan dos especies preponderantes: el encino laurel (Quercus laurina) y el encino rugoso (Quercus rugosa), representativos de los relictos del bosque mesófilo de montaña morelense.
Ramazones en las alturas, telarañas vivientes, resguardos afectivos que protegen a los primitivos musgos y a los líquenes, nacidos de la simbiosis entre algas y hongos, nos brindan una gama de tonalidades que va del amarillo anaranjado al rojo, hasta vestirse de verde savia y, finalmente, conducirnos al sereno silencio cromático del negro, el gris y el blanco.
En este entorno también se advierten las aéreas orquídeas, radiantes como mariposas cuando se encuentran en plena floración; y, sin duda, las cordiales bromelias, que albergan entre sus brácteas pequeños submundos acuáticos, pletóricos de vida. Las cenicientas tillandsias, suspendidas de las ramas de los árboles, aparentan una vejez prematura, como sucede con los ahuehuetes, los viejos del agua.
Y así también contribuyen a la hermosura del lugar los helechos, con sus frondas colgantes que semejan pequeñas cascadas de verde vida: un mundo biodiverso atrapado en las alturas, suspendido entre las ramas y muy cercano al cielo.
Pero no solo los árboles resplandecen con su verdor esmeraldino; las rocas, coronadas de musgos, helechos y orquídeas líticas, también ostentan su propio esplendor. Incluso las ramas y los troncos muertos se convierten en embarcaciones de nueva vida, donde la naturaleza continúa su incesante ciclo de transformación.
En el mundo quimérico del bosque de niebla, tus sueños y tus ilusiones son alcanzables. Adelanta tu despertar, dirígete hacia la montaña con el ánimo dispuesto y observa cómo los ríos se precipitan montaña abajo sobre las frondosas copas de los árboles, en ordenadas procesiones de diminutas gotas de vapor que bañan el follaje para, de inmediato, descender lentamente por los rugosos troncos y disolverse entre la húmeda hojarasca.
Allí, la lluvia encuentra nuevamente a la tierra. Las gotas son absorbidas por la Madre Tierra, Tlalinantli, que las recibe en su seno para devolverlas, más adelante, a la vida.
Y si te interesa saber adónde vuelve a brotar el agua, desciende por la montaña y observa cómo renacen los ríos terrestres, que discurren como venas nutricionales sobre las tierras ardientes del estado de Morelos.
EL BOSQUE QUE PERSISTE
El bosque mesófilo de montaña, un oasis suspendido en el cielo, se sostiene «con pincitas, cada día más débiles, que en cierto momento podrían colapsar». Este presagio no es tan solo una quimera; está cada vez más cerca de convertirse en realidad. Lo observamos cuando la presión demográfica ejerce su poder e invade las zonas silvestres, aunada a la implacable deforestación impulsada por grupos de presión, a la ganadería nómada y, sin dejar de lado, a los intereses político-económicos que obstaculizan su preservación.
Sin embargo, pese al futuro incierto del bosque de niebla, este entorno continúa siendo el hogar de un maravilloso ejemplar de ahuehuete, con más de cinco centurias de existencia, denominado «El Gigante» a partir del año 2010. El árbol se ha desarrollado a las orillas de un manantial que, desde los primeros asentamientos humanos hasta nuestros días, ha provisto de aguas límpidas y cristalinas a los pobladores locales.
Un ahuehuete histórico que se erige y se personifica en este lugar, probablemente desde la llegada de los primeros asentamientos indígenas, formados por migrantes mexicas y tlahuicas que buscaron refugio en estas tierras tras huir del asedio de los conquistadores europeos, portadores de la espada y de la cruz, después de la destrucción de la cultura establecida en las tierras de Quauhnáhuac.
Por lo tanto, sin tener la certeza, pero sí la convicción de que este magnífico ahuehuete, arraigado en el corazón de Santa María Ahuacatitlán, fue plantado por los primeros pobladores que migraron a estas tierras como un acto fundacional de posesión y soberanía sobre el territorio, siguiendo una antiquísima tradición nahua.
Bajo este entorno singular que hemos descrito y en medio de las actuales presiones ambientales, subsiste el Ahuehuete de Ahuacatitlán. Ha sobrevivido durante centurias a los embates de la naturaleza y ha salido avante para presentarse ante nosotros, esplendoroso e imponente.
Sin embargo, en el año 2010, autoridades municipales y grupos ecologistas de la sociedad civil, en acuerdo con la comunidad, promovieron un proyecto para urbanizar el entorno, mediante la construcción de andadores distribuidos por el área y la creación de un espacio denominado Parque de los Ahuehuetes.
Luces, canchas deportivas, juegos infantiles, guarniciones, adoquines, mallas ciclónicas de protección y placas conmemorativas fueron colocados al unísono con el corte del listón y la fotografía protocolaria.
A partir de entonces, pareciera decirle al árbol:
«Ahora eres un Árbol Majestuoso. Te llamaremos El Gigante y nosotros te protegeremos de todo mal».
Así fue como el entorno semiasilvestrado se transformó en un espacio urbanizado, aparentemente en beneficio de la comunidad, pero sin considerar plenamente las necesidades reales que requieren los ahuehuetes ancestrales de Ahuacatitlán, ahora integrados al denominado Parque de los Ahuehuetes.
Cuando se realiza una intervención de esta magnitud sobre árboles considerados un legado natural y un patrimonio de interés social y público para el municipio de Cuernavaca, la responsabilidad de quienes intervienen en su conservación adquiere una dimensión aún mayor.
Al ser declarado «Árbol Majestuoso» en el año 2010, el Gigante merece que se cumplan los compromisos básicos establecidos por las propias autoridades municipales para garantizar su protección y permanencia.
Sin embargo, algunas de estas medidas no parecen haberse cumplido, particularmente aquellas relacionadas con la delimitación de una zona de protección alrededor del tronco y de las raíces, así como con la prevención de construcciones o intervenciones que pudieran afectar su estabilidad.
La colocación de guarniciones de concreto, los trabajos de nivelación del terreno y la compactación necesaria para instalar el adoquín pudieron haber afectado el sistema radicular de estos árboles centenarios, acciones que, lejos de favorecer su conservación, podrían poner en riesgo su permanencia.
Esperamos y deseamos que el síndrome de la urbanización desaparezca de la visión de las autoridades y de algunas asociaciones ecologistas, y que la protección de estos árboles deje de estar vinculada únicamente a la ceremonia, a la fotografía y al corte del listón.
Porque proteger un árbol majestuoso no significa solamente nombrarlo, declararlo o inaugurar un espacio en su honor.
Significa comprenderlo.
Significa respetar sus raíces.
Significa permitirle vivir.








