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La obscuridad de la noche robo el azul del cielo y

lo cubrió con una túnica matizada de minúsculas partículas de plata, relucientes luceros extraídos de las entrañas de la tierra de Real de Catorce, la claridad se diluye en el horizonte mortecino de la lejana serranía, ahora solo observemos el sinuoso camino que nos conduce al antiguo poblado denominado, Real de Minas de Nuestra Señora de la Limpia y Purísima Concepción de Guadalupe de los Álamos de Catorce, extenso nombre del lugar, parafraseando con las inmensas riquezas substraídas de la región desde el siglo xviii.

La brevedad de la noche da paso al eminente amanecer, el cual testifica el inicio de nuestro caminar hacia la zona fantasmal de Real de Catorce, atravesamos la calle principal de la población de lado a lado, sus puertas y ventanas aun cerradas, donde probablemente se ocultan las sombras perdidas, que no han podido desvanecerse en el tiempo, los pequeños faroles iluminan la pétreas callejuelas que lucen brillantes por el paso de la historia, fachadas renovadas que se ostentan como en sus mejores días, es así como nuestros pasos fueron al encuentro de la ruta que nos llevará al sitio donde vagan los recuerdos de la mano con los intangibles guardianes del lugar.

 

El ascenso lento nos hizo disfrutar en todo momento de la magnitud del amanecer, ofreciéndonos una inesperada transición, desde la obscuridad hasta el tímido inicio de la luz, que desbordante cubrió los montes de un halo dorado, en unos cuantos minutos envolvió la campiña para dejarnos ver un paisaje maravilloso; el viento gélido fue nuestro eterno acompañante, que se arremolinaba en lúdico regodeo sobre nuestro rostro y de ahí se dirigía a desgarrar a las nubes que osaban ponerse en su camino, sin dejar de estremecer a la exigua vegetación que existe en el lugar, de esta manera fue como encumbramos a la zona fantasmal de Real de Catorce, vestigios de lo que fue un gran emporio minero que aún luce imponente y que paulatinamente la naturaleza lo envolverá en su regazo.

En una conversación fraterna con naturaleza, está nos desvela que en tiempos muy lejanos este lugar se denominada serranía Del Astillero, región impenetrable cubierta de frondosos bosques, probablemente álamos, Populus fremontii (S. Watson) y/o encinos Quercus spp. una zona deshabitada que era el resguardo de los indígenas de las tribus chichimecas de los Negritos y de los palenques africanos denominados Bozales, refugio que les servía para escapar de la persecución de los conquistadores y así lograr sobrevivir sin ser esclavizados, los primeros que no pudieron lograr su supervivencia fueron los bosques, que los arrasaron en menos de 50 años de actividad minera, no dejando un solo árbol o rama como testigo de los imponentes bosques, yermo quedo el paisaje, la desolación quedo inscrita, es así como podemos aseverar que “la devastación una de las mejores aportaciones que deja la actividad minera”.

Con los años el nicho ecológico dejado por los bosques fue tomado por la vegetación xerófila, entre ellas los magníficos y versátiles Agaves, una de las especies más completas nos haya brindado la naturaleza, la cual nos ofrece alimento, bebida, material de construcción, combustible, entre otros muchos productos que merecen ser tratados con más profusión, entre la gran diversidad de Agaves de la zona mencionaremos algunos cono el A. atrovirens Karw. ex Salm-Dyck, A. lechuguilla Torr., A. striata Zucc., sin dejar de enumerar las columnares Yuccas Y. carnerosana (Trel.) McKelvey, Y, decipiens Trel. Y. filifera Chabaud, que aunque parecidas entre sí, cuentan con rasgos específicos que las hacen ser únicas y sin dejar de resaltar que sus flores son un deleite al paladar.

 

Es justo mencionar que otro grupo de plantas xerófilas importantes, son las cactáceas, representativas del paisaje nacional, entre las cuales tiene una presencia muy especial las Opuntias (nopales), de las que México cuenta con 93 especies silvestres, de esté total existen 48 en San Luis Potosí, por lo tanto en Real de Catorce no es difícil ver gran variedad de ellas, que han tomado la iniciativa de colonizar el pueblo fantasma, cubriendo sus bardas o sobre de ellas, iluminándolas de destellos iridiscentes de sus filosas espinas, bajo esta tónica, no es de esperarse que entrada la primavera el campo se cubra de iridiscentes flores, satinadas del blanco al rojo, o en cálidos tonos del amarillos al naranja, un mundo de matices que engalanan en paisaje; dentro de los ejemplares más representativos de la zona, encontramos a la Opuntia leucotricha DC., O. robusta H. Wendl., O ficus-indica (L.) Mill. O. tunicata (Lehm.) Link & Otto, entre una gran variedad como lo hemos descrito.

Al internarnos al mundo intimo de las cactáceas descubriremos la relación ancestral tan estrecha que existe con el hombre nativo de estos lares rurales, en especial con el Ferocactus pilosus (Galeotti) (Biznaga roja o cabuchera) y la Lophophora williamsii (Lem.) Coulter, Peyotl en lengua nahuatl, (bacanoc) en lengua raramuri (hikuri) en lengua wirrarika; la primera de estas planta trae implícito en su nombre cabuchera su uso, ya que cada año a iniciar la primavera se colectan los botones florales de esta cactácea, de gran porte y refulgentes espinas rojas para ser utilizados en la gastronomía regional, para preparar desde los más simples cabuches en salmuera, como entre otras muchas delicias que van desde sopas, ensaladas, salsas, quesadillas, gorditas de maíz y ahora la típica pizza de Real de Catorce, aderezada con los deliciosos botones florales del ferocactus.

El peyote es una planta endémica de México, de uso ritual entre muchas comunidades nativas de México, que ha transcendido hasta regiones habitadas por los indios navajos en el suroeste de Estados Unidos, por lo tanto es necesario comentar que el significado cultural del peyote, se desarrolla bajo dos sustanciales vertientes conceptuales disímbolas, una concerniente a los pueblos nativos, dueños de una tradición multisecular de un valor mítico-religioso perdurable, en sublime analogía con una flor que nunca se marchitará, y la vertiente lúdica-comercial que se ha tornado su uso.

Este preámbulo relacionado con el hikuri, es para ofrecer una visión introductoria del significado de los costumbres del pueblo Wixarika, que realiza una peregrinación anual desde diversas zonas de la Sierra Madre Occidental hacia venerado lugar donde salió por vez primera el sol y habitan las deidades y los espíritus ancestrales, Wirikuta, denominado actualmente Cerro Quemado, paraje cercano al poblado de Real de Catorce.

Es así como llaga el momento de dejar atrás al viento y el aroma de la hierbas silvestres, el azul infinito del cielo y a la tierra inerte y degradada, a sus amistosos pobladores, a los espíritus ancestrales y a las sombras de los demonios contemporáneos